miércoles, 27 de mayo de 2020

La calidad del pensamiento


Pensemos en una semilla. Es como un punto –pequeña, diminuta y compacta- y sin embargo plena de potencial. Un pensamiento es una semilla, que puede ser positiva o negativa, según nuestro estado de ánimo, actitud y carácter. El pensamiento crea sentimientos y actitudes. A esta combinación se le llama conciencia. Nuestra conciencia es un reflejo de nuestros pensamientos, y nuestra vida es un reflejo de nuestra conciencia.

Habitualmente permitimos que nuestros pensamientos se esparzan por doquier, que divaguen por todos los rincones de nuestra mente. Los pensamientos descontrolados son como un automóvil lanzado a toda velocidad: a no ser que frenemos, nos estrellaremos. Una  mente sin control está tensa y preocupada. Esto causa muchísimo daño.

Para que nuestra mente trabaje con naturalidad necesitamos aplicar un freno. Una mente natural es pacífica, y una mente pacífica nos da claridad. Cuando vemos las cosas con claridad no hay desgaste porque nuestra mente se vuelve ligera, no se ve agobiada con pensamientos innecesarios. La mayor enfermedad de la mente es pensar demasiado, especialmente en otros: en lo que hicieron, lo que deberían hacer, lo que debieron haber hecho, lo que dijeron, lo que quisiéramos que hubieran dicho, por qué hablaron siquiera. Todo esto perturba la serenidad propia de la mente.

Cuando pensamos demasiado solemos fantasear y reaccionar con desmesura, y así creamos sentimientos negativos. La observación nos da la paciencia y claridad necesarias para pensar y actuar de manera apropiada; al observar nos concentramos interiormente, lo que nos permite ver la realidad.

Si sembramos una semilla de pensamiento positiva y limpia y nos concentramos en ella, le daremos energía, así como el sol se la da a la semilla que yace en la tierra.
Cada mañana, antes de comenzar nuestra jornada, sentémonos tranquilos, en silencio, y sembremos la semilla de la paz. La paz es armonía y equilibrio. Dejemos que la paz encuentre su hogar en nuestro fuero interno.

La paz es nuestra fortaleza original, nuestra eterna tranquilidad del ser.



Extracto del libro:
DESCUBRIR LA ESPIRITUALIDAD
Anthony Strano

Las virtudes


Las virtudes son la belleza de una persona; son lo que la hacen adorable y única; son el color, la forma, el perfil de su personalidad. Determinan la forma de hacer las cosas; su manera de moverse, de hablar, de vestir. Puede no tener dinero, pero, si tiene virtudes, siempre dará la impresión de riqueza porque todo lo que la rodea será de calidad.

Las virtudes brillan hacia el exterior y en todo: en el cuerpo, en el entorno, y en la esencia del universo; llenan lo que está vacío, sanan lo que está enfermo y calman lo que está intranquilo. Pero, debajo de las virtudes, debe haber silencio, pues el silencio es el oro que realza las joyas y las protege de la dispersión y del desgaste. En el silencio, descubrimos cómo usar la riqueza, dónde invertirla e, incluso, cómo incrementar su valor.

Hay una historia acerca de una tierra que, cierta vez, fue habitada por hombres y mujeres que, instintivamente, sabían cómo convivir mejor unos con otros. Y la historia cuenta que su primer habitante era una mujer llamada Lakshmi (que significa Diosa de la Riqueza o de las Virtudes) y el segundo era un hombre, Narayan (aquel que alcanzó la perfección mediante el silencio del yoga).

Cuando el silencio y las virtudes caracterizan una relación entre dos personas, existe armonía. Cuando el silencio y las virtudes coexisten en una misma persona, hay perfección.

La perfección es posible pues, de lo contrario, no existiría una palabra para ella.



Extracto del libro:
La BELLEZA INTERIOR
Anthea Church

El poder de la fe


Un calidoscopio crea dibujos preciosos a partir de unas piezas desordenadas que están dispersas; cuando el calidoscopio gira, el desorden se vuelve orden, el caos se vuelve belleza y simetría. La obra de teatro de la vida está girando constantemente y nosotros formamos parte de su movimiento cíclico; a veces ese movimiento cíclico de la vida es compasivo, comprensible y agradable, mientras que otras veces es tenso, temible, estresante e incomprensible. Experimentamos confusión y miedo porque no entendemos qué está pasando, por qué está pasando y cómo se puede mejorar. Las cosas no sólo nos parecen caóticas sino también sin remedio. Si somos capaces de ir más allá de las preguntas “¿por qué?”, “¿qué?” y “¿cómo?” y podemos limitarnos a estar tranquilos, sin juicios ni presiones durante un cierto tiempo, entonces las cosas se resuelven. Para ello se requiere fe.

El poder de la fe significa que sabemos que de algún modo y de algún lugar llegarán las soluciones y las respuestas correctas a su debido tiempo.

Estamos tan acostumbrados a controlar a las personas y situaciones para obtener un resultado particular que hemos olvidado cómo usar el poder de la fe.

La fe dice: “Planta las semillas adecuadas, haz el esfuerzo adecuado, pero deja también que las cosas sean”. La fe no significa permanecer pasivo sino más bien actuar y pensar sobre algo y, después, tener la paciencia y confianza de que la obra de teatro de la vida también está velando por ello; las consecuencias de cualquier acción no dependen sólo de mí.

Con la práctica de la meditación, nuestro intelecto funciona como un calidoscopio y cuando la obra de teatro de la vida gira, podemos percibir las formas ocultas y preciosas que, con tiempo, se vuelven visibles y benévolas.

El éxito, o la victoria, dependen tanto de hacer las cosas con buena intención como de permitir que las cosas sigan su propio curso. La sabiduría es el conocimiento de este equilibrio.



Extracto del libro:
PENSAMIENTO ORIENTAL
para la mente de occidente
Anthony Strano

Madurez


A medida que maduramos espiritualmente, cada vez necesitamos menos de las alabanzas y la atención de los demás para sentir respeto por nosotros mismos. Cuanto más compasivos y menos egoístas se hacen nuestros pensamientos, mayor es la satisfacción que sentimos con nosotros mismos y con nuestra vida. Nos relacionamos más fácilmente con los demás, y no necesitamos atraer su atención con nuestros éxitos ni agobiarlos con nuestros problemas.

Un signo de falta de madurez es la queja. Cuando nos quejamos acerca de lo que sucede, acerca de uno mismo, acerca de los demás, esta actitud de queja denota una falta de madurez. Falta de madurez quiere decir que soy incapaz de aprender, no estoy aprendiendo de las experiencias, no me estoy desarrollando ni creciendo, permanezco donde estoy.

Cuando hay inmadurez, la persona mantiene diversos tipos de dependencia hacia los demás, lo cual genera muchas expectativas.

¿Pedimos cooperación o creamos cooperación? Es algo muy diferente. Cuando somos inmaduros lo que hacemos es pedir y tener expectativas. Cuando hay madurez entendemos que tenemos que crear las condiciones para que se dé la cooperación. Tenemos que dar respeto genuino a los demás. No simplemente ser amables con ellos cuando les necesito. Eso es un signo de mucha inmadurez.

La madurez es una consecuencia de la consciencia del alma en la práctica.

Cómo “influir” en el ambiente


Al modelar las virtudes y ejercitar los poderes internos que se guían por los valores más íntimos, obtenemos un efecto positivo y sutil.

Tenemos la libertad de elegir nuestra conducta. Podemos ser aquellos cuyas conductas se influyen por el ambiente, o podemos ser los que cambian el ambiente. Al modelar las virtudes, ejercitar los poderes del ser y dejar que los valores más internos nos guíen, nos convertimos en la personificación de esos poderes, virtudes y valores. En otras palabras, manifestando estos atributos positivos y creencias a través de nuestra conducta, sentimos esa experiencia dentro de nosotros y servimos de ejemplo para los demás. La mayor autoridad es la experiencia ya que tiene la capacidad de influir a los demás, y a la vez, puede influir sutilmente en el ambiente de una forma poderosa.

Enviar pensamientos puros y buenos deseos a los demás es una forma poderosa de comunicarse en silencio. Los pensamientos puros se siembran en la conciencia de respeto hacia el valor inherente, hacia las especialidades y la singularidad de uno mismo y los demás. A partir de la semilla del pensamiento puro crecen los sentimientos sinceros de buenos deseos así como el reconocimiento de las fortalezas de los demás, no de las debilidades que se puedan haber desarrollado durante el curso normal de la vida.

Enviar esta carga positiva a la atmósfera tiene su recompensa. No solamente se beneficia el receptor de estas vibraciones puras, sino que el emisor experimenta el retorno positivo, que se puede manifestar en la forma de buenos pensamientos para uno mismo, para los demás, o alguna forma de logros.

Los pensamientos puros y los buenos deseos pueden enviarse a individuos, grupos, para tareas o actividades, hacia la naturaleza, hacia el mundo, etc. Esa forma de comunicación es un buen hábito a cultivar y se fortalece cuando los pensamientos se apoyan en palabras beneficiosas y actividades valiosas.


Humildad y aprendizaje


Humildad significa estar dispuesto a aprender. Humildad significa estar
dispuesto a cambiar. La humildad sólo es posible cuando tenemos dignidad, y ésta sólo nace del conocimiento de nosotros mismos. Al conocernos sabemos que somos parte del todo, como un rayo en una rueda.

No somos todo, pero tampoco somos nada. Es la humildad la que nos da
este entendimiento y nos mantiene en equilibrio. Si no estamos apegados ni
a nuestras buenas cualidades ni a nuestras debilidades, podemos hacer
frente a ambas.

Si las cultivamos con amor, nuestras cualidades positivas aumentarán y
servirán a otros; y nuestras debilidades disminuirán mediante la atención y
la sinceridad.
 
La humildad es nuestra mayor protección, pues evita que caigamos en el
abismo de la arrogancia y la auto-complacencia. La humildad nos mantiene
alertas a todas las posibilidades: tanto a la de ser engañados y causar un
desastre, como a la de producir los milagros más sorprendentes.

La humildad es el fruto del respeto por nosotros mismos; así pues, una
persona humilde nunca temerá ser vulnerable ni la asustarán las pérdidas.
La humildad da nacimiento a la certeza sin recurrir al dogma. Lo que
necesitamos se encuentra siempre en nuestro interior, y nada ni nadie podrá
despojarnos nunca de estos recursos internos. La humildad brota de la
seguridad interna y nos prepara para comunicarnos, para cooperar y para
experimentar con pensamientos e ideas nuevos.

El poder de las palabras II


Se dice que el silencio es oro y las palabras son plata. Sin embargo, podemos incrementar el valor de las palabras, haciendo que éstas sean precisas, beneficiosas, llenas de buenos sentimientos y llenas de esencia.

El espejo que muestra si el estado interno de la mente es estable y poderoso son nuestras palabras y nuestras acciones. Si nuestras palabras y acciones no están llenas con buenos deseos y sentimientos puros, esto evidencia una deficiencia en el nivel de fortaleza y poder de nuestra mente. Si nuestra mente es positiva, limpia y poderosa, esto se manifestará de forma automática en nuestras palabras y acciones.

A veces, la energía de las palabras se desperdicia, éstas carecen de esencia y de espiritualidad, se vuelven corrientes o incluso triviales. Las palabras llenas de espiritualidad y de esencia crean un impacto en aquellos que las reciben. Con unas pocas palabras, tendrán la experiencia de que han recibido mucho, mientras que las palabras inútiles o innecesarias no producirán beneficio aunque sean muchas.

Una buena práctica para cultivar el poder de las palabras es cuidar la calidad de las mismas, hablar sólo de lo que es necesario o valioso, hacer que las palabras sean dulces, reconfortantes y nunca hirientes, y dejar que el tono de voz sea suave y calmado.

Tales palabras ayudarán a crear una atmósfera precisa, tenderán un puente y llegarán a los corazones de los demás. Las palabras elevadas y espirituales darán un fruto igualmente elevado. Pero incluso si se trata de palabras que se enfocan en temas prácticos, podemos ahorrar el poder de las palabras hablando sólo lo necesario y procurando no entrar en una expansión excesiva.

De la misma forma que practicando y experimentando el silencio interior acumulamos el poder de los pensamientos, es muy beneficioso para el ser acumular el poder de las palabras. Cada recurso personal a nuestra disposición es un tesoro valioso que usado con sabiduría nos da los mejores frutos. Las palabras precisas, positivas, espirituales y llenas de respeto y consideración son un medio fácil de sustentar relaciones armoniosas y livianas con los demás.